Aquiles, el de los pies ligeros




Le dejé jugar con mi anillo de flor lila gigante, ni siquiera le regañé cuando arrancó una piedrecita-pétalo aunque me vino bien para empezar a llorar ¿pero qué has hecho?


Le miraba embelesada. 
Le encontré guapo con su peinado tazón boca abajo y sus pantalones pesqueros que delataban todo lo que creció en verano. Como sigue andando de puntillas le quedan más cortos aún y dejan asomar al piolín de sus calcetines.

Me he despedido de Aquiles.

Que si la separación de sus padres, que si necesita otro tipo de atención, que  si no estaba evolucionando, que se ha trasladado...

- ¿Y me lo dices ahora? me pregunta enfadada Ro- ¿Era eso lo que te pasaba?



“—No puedo hablar bien —me explicó Naoko—. Últimamente me pasa mucho. De verdad que no puedo hablar bien. Cuando intento decir algo, sólo se me ocurren palabras que no vienen a cuento. Que no vienen a cuento o que expresan todo lo contrario de lo que quiero decir. Y, si intento corregirlo, me lío más aún, y más equivocadas son las palabras. Y al final acabo por no saber qué quería decir al principio. Es como si tuviese el cuerpo dividido por la mitad y las dos partes estuviesen jugando a perseguirse. La sensación es esa. En medio hay una columna muy gruesa, ¿sabes?, y las dos partes van dando vueltas a su alrededor jugando a perseguirse. Una parte de mí tiene la palabra adecuada, pero la otra parte nunca puede atraparla de ninguna de las maneras.”


Haruki Murakami
Sauce ciego, mujer dormida

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