El carrusel

En la plaza de Castilla había un carrusel, aunque como entonces yo no conocía esa palabra, lo llamaba "los cochecitos".

Quería ir a todas horas y  me colgaba de las manos adultas repitiendo cansinamente "Llévame".
Y me  llevaban los sábados por la tarde, los domingos por la mañana y, en vista de la insistencia, otra vez los domingos por la tarde.

Mi favorito era un coche pequeño que tenía varias plazas. Siempre el mismo. No era muy espectacular y  por eso, inútilmente, me sugería en ocasiones el feriante "¿No prefieres cambiar ahora al coche de bomberos? o  ¡Sube a un caballito en esta vuelta y vas tú sola!" Por que algunos días en horas punta tenía que compartirlo con otros niños. Sólamente con los valientes que superaban mi bienvenida, brazos en jarra, y aceptaban que yo conducía. 

Me encantaba girar. Y saludar a mi familia con más ímpetu en cada vuelta al comprobar que seguían allí esperándome.

Durante mucho tiempo soñé que mi cochecito, en una de las vueltas, tomaba la curva a mucha velocidad, se escapaba del carrusel  y salía corriendo hasta llegar a mi casa.  
Entonces yo me levantaba una mañana para ir al colegio y me lo encontraba en la cocina.
Y era inmensamente feliz.

Lo que no me atreví a soñar nunca, es que supiera llegar hasta aquí.


Cuando la llama de la fe se apaga, y los doctores
no hallen la causa de su mal, señoras y señores
sigan la senda de los niños y el perfume a churros
que en una nube
de algodón dulce
le espera el Furo.

Goce la posibilidad de alborotar el barrio...
Por tres pesetas puede ser bombero voluntario
o galopar en sube y baja el mundo en un potrillo.
Dos colorados
tengo
y uno tordillo.

Suba usted, señor.
Anímese.
Cuelgue el pellejo en la acera.
Súbase
al tordillo de madera.
Y olvídese
de lo que fue y de qué modo
y cuélguese
en la magia de pasar de todo.

Móntese en el carrusel del Furo...
Súbase...
Dos boletos por un duro.

No se sorprenda si al girar, la luna le hace un guiño,
que un par de vueltas le dirán cómo alucina un niño.
Le aplaudirán desde un balcón geranios y claveles
y unos ojos
que le llenaron
de cascabeles.

Enfúndese en los pantalones largos de su hermano
y en la primera bocanada de humo americano
y el aire será más azul y la noche más corta.
Si no le cura,
al menos,
le reconforta.

Señor...
Anímese.
Cuelgue el pellejo en la acera.
Súbase
al tordillo de madera.
Y olvídese
de lo que fue y de qué modo
y cuélguese
en la magia de pasar de todo.

Móntese en el carrusel del Furo...
Súbase...
Dos boletos por un duro.

 (Serrat)




Comentarios

  1. Qué felicidad en esos pequeños instantes. Tuviste suerte, a mi no me cabían las piernas :))

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